Construir la economía de los refugiados
Un refugiado recién llegado puede aparecer en las estadísticas del Gobierno como un gasto: vivienda, clases de idiomas, asistencia sanitaria y apoyo social. Sin embargo, detrás de ese cálculo puede haber una enfermera titulada que espera a que se reconozcan sus cualificaciones, un mecánico listo para trabajar o un empresario que en su día dio empleo a diez personas y que ahora carece de la cuenta bancaria necesaria para volver a empezar.
Esta es la tensión que subyace en el corazón de la economía de los refugiados. El desplazamiento genera necesidades humanitarias inmediatas, pero a los refugiados no los define únicamente lo que necesitan. También aportan competencias, experiencia profesional, contactos internacionales y demanda de consumo. Cuando los países de acogida permiten que esos activos permanezcan inactivos, no solo prolongan la dependencia, sino que pierden a potenciales trabajadores, contribuyentes, emprendedores y empresarios.
Por lo tanto, los argumentos económicos a favor de la integración no son una alternativa fría a los humanitarios. Son, más bien, el siguiente paso práctico. La seguridad debe ser lo primero, pero una persona no puede reconstruir su vida indefinidamente a través de la ayuda de emergencia. El trabajo, el espíritu emprendedor y el acceso a la financiación son los elementos que comienzan a transformar el refugio en estabilidad, tanto para la persona como para la comunidad que la acoge.
El trabajador que hay detrás de la estadística
En el debate público, a menudo se trata a las poblaciones de refugiados como un único grupo, a pesar de las enormes diferencias que existen entre las personas que lo componen. Una persona puede haber dejado la escuela a los 15 años; otra puede haber dirigido un departamento de un hospital. Algunas llegan con ahorros y redes profesionales, mientras que otras han perdido sus documentos, a sus familiares y casi todo lo que poseían.
Lo que muchos tienen en común es una interrupción brusca de su vida económica. Las carreras profesionales terminan sin previo aviso. Se abandonan los negocios. Las titulaciones que antes conferían prestigio se convierten en simples trozos de papel que el nuevo sistema no reconoce.
Un médico sirio que llega a Alemania puede tener los conocimientos necesarios para trabajar, pero aún así se enfrenta a años de aprendizaje del idioma, exámenes y acreditación profesional. Un contable ucraniano puede comprender sistemas financieros complejos y, sin embargo, acabar desempeñando un trabajo administrativo básico porque a los empleadores les cuesta valorar su experiencia en el extranjero. Una mujer que dirigía con éxito un negocio de restauración puede saber exactamente cómo atraer clientes, pero carecer de garantías, de servicios de guardería y de conocimiento de la normativa local.
Estas barreras generan una forma peculiar de desperdicio económico. El país de acogida puede sufrir escasez de mano de obra al mismo tiempo que hay personas cualificadas que permanecen en el paro o trabajan muy por debajo de su nivel de cualificación.
Los refugiados se convierten en un activo económico no a base de palabras, sino cuando se logran identificar sus capacidades y aprovecharlas rápidamente.
El coste de mantener a la gente fuera
Es comprensible que los gobiernos se centren en el coste inicial de la acogida. El alojamiento, la escolarización, la asistencia sanitaria, los servicios de interpretación y la administración pública requieren fondos, sobre todo cuando llegan grandes grupos de personas en un breve periodo de tiempo.
El coste a largo plazo de la exclusión es menos evidente. Cada mes que una persona apta para trabajar se ve impedida de hacerlo supone una pérdida de ingresos, una pérdida de recaudación fiscal y una dependencia continuada de las ayudas públicas. Las competencias se deterioran, la confianza disminuye y los empleadores se muestran menos dispuestos a reconocer la experiencia adquirida años atrás en otro país.
Esto puede dar lugar a un círculo vicioso en el que se describe a los refugiados como personas económicamente dependientes, mientras que las políticas que les afectan dificultan innecesariamente su independencia.
El derecho al trabajo es solo el principio. Un derecho legal no sirve de mucho si una persona no puede desplazarse hasta su lugar de trabajo, organizar el cuidado de sus hijos, abrir una cuenta bancaria o demostrar sus conocimientos. Los requisitos lingüísticos pueden ser necesarios en muchas profesiones, pero funcionan mejor cuando se combinan con el empleo, en lugar de considerarse un obstáculo que hay que superar antes de poder iniciar la vida económica.
Para los países de acogida que se enfrentan al envejecimiento de la población y a la escasez de personal en los sectores de la sanidad, la construcción, la logística, la hostelería y los oficios cualificados, resulta especialmente difícil justificar que se deje fuera del mercado laboral a trabajadores dispuestos a trabajar.
La integración requiere inversión, pero la exclusión también tiene un precio.
De una pequeña tienda a una empresa local que da empleo
El espíritu emprendedor constituye uno de los ejemplos más claros de cómo el potencial de los refugiados puede repercutir en una economía.
El primer negocio puede ser modesto: un local de comida para llevar, un servicio de sastrería, un taller de reparaciones, una agencia de traducción o una tienda online. Su importancia va más allá de los ingresos de su fundador. El propietario alquila un local, paga a los proveedores, atiende a los clientes locales y, con el tiempo, puede llegar a contratar a otra persona.
Los refugiados también pueden detectar oportunidades comerciales que las empresas ya consolidadas pasan por alto. Entienden los gustos y las necesidades de comunidades que quizá no estén bien atendidas. Sus contactos en distintos países pueden abrirles las puertas a nuevos proveedores, clientes y mercados.
Berlín ha desarrollado una red bien visible de programas que apoyan a los emprendedores refugiados mediante tutorías, formación y acceso a las comunidades empresariales. Estas iniciativas reconocen que a un emprendedor no le suelen faltar ideas ni ambición. El obstáculo suele ser, más bien, el acceso a los sistemas que permiten que una empresa sea legal y sostenible.
Un curso sobre emprendimiento no es suficiente si el participante no puede conseguir un préstamo. Una subvención puede servir para comprar equipamiento, pero no cubrirá necesariamente el alquiler, el stock y los salarios durante los difíciles primeros meses. El asesoramiento debe abarcar también cuestiones fiscales, la obtención de licencias, el marketing y las expectativas de los clientes locales.
Los programas más útiles consideran a los emprendedores refugiados como fundadores que se enfrentan a obstáculos específicos, y no como beneficiarios de la caridad que juegan a hacer negocios.
En última instancia, su éxito debería evaluarse de la misma manera que el de otros emprendedores: si la empresa sobrevive, atiende a un mercado y genera valor. La diferencia es que el punto de partida rara vez es el mismo.
Por qué la filantropía sigue siendo importante
El capital privado suele llegar una vez que el modelo de negocio ha demostrado que puede generar beneficios. La inclusión de los refugiados suele requerir una inversión mucho antes de ese momento.
Es aquí donde la filantropía estratégica desempeña un papel fundamental. Las fundaciones y los donantes pueden financiar aquellos aspectos de la integración económica que son necesarios, pero que no generan beneficios inmediatos: cursos de idiomas, reconocimiento de titulaciones, asesoramiento jurídico, servicios de guardería, acceso a Internet y apoyo inicial a las empresas.
Una intervención relativamente pequeña puede generar una contribución económica mucho mayor. Pagar la tasa de examen que permite a una enfermera renovar su titulación puede, en última instancia, resultar más importante que meses de formación laboral general. Ofrecer servicios de guardería puede permitir a una madre aceptar un trabajo, asistir a clases de idiomas o completar un curso profesional. Ayudar a alguien a reemplazar los documentos que le faltan puede facilitarle el acceso a servicios bancarios, a una vivienda y a un empleo formal.
La filantropía también puede asumir riesgos que los gobiernos y los inversores convencionales evitan. Puede poner a prueba modelos de crédito alternativos para las personas.

