Planificación patrimonial global

Democracia económica

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La democracia económica está empezando a influir en el entorno en el que las familias acaudaladas organizan, transfieren y gestionan su capital, aunque no se trata de una nueva rama de la gestión patrimonial ni del derecho fiscal internacional. El concepto se refiere a quién es propietario de los activos productivos, quién participa en las decisiones económicas y cómo se distribuyen los beneficios generados por las empresas y el capital. Su relevancia para la planificación patrimonial global surge de un cambio político más amplio: los gobiernos exigen una mayor transparencia al patrimonio privado, los empleados buscan tener más voz dentro de las empresas y se pide a las familias que expliquen la finalidad social de la concentración de la propiedad.

La magnitud de la desigualdad mundial confiere a estos debates un peso económico y político. Según el Informe sobre la Desigualdad en el Mundo 2022, el 10 % más rico de la población mundial posee aproximadamente tres cuartas partes de la riqueza total, mientras que la mitad más pobre posee alrededor del 2 %. El informe también reveló que el 1 % más rico acaparó el 38 % de toda la riqueza adicional acumulada entre mediados de la década de 1990 y 2021. Estas cifras no demuestran que ningún modelo de propiedad o política fiscal concreto sea el correcto, pero ayudan a explicar por qué la riqueza heredada, el control corporativo y las estructuras fiscales transfronterizas están siendo objeto de un escrutinio cada vez más minucioso.

Para las oficinas familiares y los propietarios de patrimonios con movilidad internacional, las implicaciones prácticas ya son evidentes. Las autoridades fiscales intercambian cada vez más información, las normas sobre titularidad real son cada vez más exigentes y las estructuras que antes se evaluaban principalmente en función de su eficiencia jurídica deben someterse cada vez más al escrutinio público, regulatorio y familiar. La cuestión que surge no es simplemente cómo se puede preservar el capital a lo largo de las generaciones, sino cómo la titularidad puede seguir siendo legítima, productiva y acorde con las expectativas de los empleados, los gobiernos y los futuros beneficiarios.

La democracia económica tiene que ver tanto con el poder como con los ingresos

La democracia económica no cuenta con una definición única y universalmente aceptada. Por lo general, hace referencia a mecanismos que distribuyen la toma de decisiones económicas de forma más amplia mediante la participación de los trabajadores, la propiedad cooperativa, la participación accionarial de los empleados, las instituciones de inversión pública o unos derechos más sólidos para las partes interesadas. La preocupación subyacente es que la democracia política pueda verse debilitada cuando la propiedad y el control de los recursos económicos se concentran en un número relativamente reducido de personas o instituciones.

El concepto tiene una historia más larga de lo que sugieren los debates actuales sobre la desigualdad. Las organizaciones cooperativas se expandieron durante el siglo XIX y principios del XX, a medida que agricultores, trabajadores y consumidores creaban empresas propiedad de sus miembros. Posteriormente, los sistemas europeos de representación de los trabajadores otorgaron a estos últimos una participación formal en la gobernanza empresarial, mientras que en varios países se desarrollaron programas de participación accionarial de los trabajadores como forma de ampliar el acceso al capital.

Estos modelos difieren sustancialmente. Una cooperativa de trabajadores suele distribuir los derechos de voto entre sus miembros, en lugar de hacerlo en función de la cantidad de capital invertido. Los planes de participación accionarial de los empleados otorgan a los trabajadores un interés financiero en la empresa, pero pueden ofrecer una influencia limitada sobre las decisiones estratégicas. La codeterminación alemana permite a los empleados tener representación en los consejos de supervisión sin convertir la empresa en una cooperativa. Cada estructura distribuye la propiedad, los ingresos y la autoridad de una manera diferente.

Para los asesores patrimoniales, esta distinción es importante porque la democracia económica no puede reducirse a la filantropía ni a una mayor fiscalidad. Una familia puede donar parte de su patrimonio sin dejar de mantener el control exclusivo sobre la empresa que lo generó. Otra familia puede introducir la participación de los empleados, transferir acciones a una fundación o adoptar una estructura de administración que limite la capacidad de los futuros herederos para vender la empresa. Estas decisiones afectan a la gobernanza, la sucesión y el carácter a largo plazo de la empresa familiar.

Mondragon pone de manifiesto tanto el potencial como los límites

El grupo Mondragón, en España, es el ejemplo a gran escala más citado de empresa cooperativa. Fundado en el País Vasco en 1956, se convirtió en una federación de cooperativas que opera en los sectores de la industria, el comercio minorista, las finanzas y la educación. Su estructura de propiedad de los socios permite a los trabajadores participar en la gestión y vincula la distribución de los beneficios a las normas cooperativas, en lugar de al modelo convencional de propiedad de los accionistas.

Mondragon es importante porque demuestra que la propiedad cooperativa no se limita a las pequeñas empresas locales. Ha gestionado empresas manufactureras en los mercados internacionales, ha desarrollado instituciones de investigación y educación, y ha creado mecanismos internos para apoyar a las cooperativas afiliadas en momentos de dificultad. Su envergadura pone en tela de juicio la idea de que la participación de los trabajadores sea necesariamente incompatible con la sofisticación técnica o la competencia global.

Sin embargo, no debe considerarse que este grupo sea una prueba de que las estructuras cooperativas eliminan el riesgo comercial. Las empresas de Mondragón siguen enfrentándose a la competencia, a las reestructuraciones y a la quiebra empresarial. El colapso del negocio de electrodomésticos de Fagor en 2013 demostró que la propiedad de los trabajadores no podía proteger a una empresa poco competitiva de la presión del mercado. El grupo en su conjunto pudo reubicar a algunos de los trabajadores afectados, pero el episodio puso de manifiesto los límites de la solidaridad interna cuando las condiciones operativas se deterioran sustancialmente.

La lección para las empresas de gestión familiar no es que deban copiar la estructura de Mondragón, sino que el modelo de propiedad influye en la forma en que una empresa afronta la sucesión, las dificultades financieras y las reivindicaciones contrapuestas de las partes interesadas. Una familia que se plantee la propiedad de los empleados debe determinar qué derechos se transferirán, cómo se recaudará el capital, cómo se tratará a los empleados que abandonen la empresa y si la toma de decisiones puede seguir siendo eficaz durante una crisis.

La escala cooperativa tiene una gran importancia económica

A menudo se habla de las empresas cooperativas como alternativas a las empresas convencionales, pero su presencia en la economía mundial es considerable. La Organización Internacional del Trabajo ha señalado que existen aproximadamente 3 millones de cooperativas en todo el mundo, con unos 1.200 millones de socios y unos 280 millones de puestos de trabajo o medios de subsistencia vinculados al sector. Entre estas organizaciones se incluyen cooperativas agrícolas, mutuas de seguros, cooperativas de crédito, comercios minoristas, organizaciones de vivienda y empresas propiedad de los trabajadores.

Su relevancia para la democracia económica depende de los derechos que los socios ejerzan realmente. Algunas cooperativas implican una participación activa y un control significativo, mientras que otras funcionan más bien como empresas convencionales, con una participación limitada de los socios. La forma jurídica por sí sola no garantiza una gestión democrática, del mismo modo que una empresa familiar no implica automáticamente una gestión paciente o responsable.

No obstante, el modelo cooperativo ofrece varias características que resultan relevantes para la planificación patrimonial actual:

  • La propiedad está ligada a la participación. Por lo general, los socios gozan de derechos por el hecho de trabajar para la organización, comprarle productos o prestarle servicios, y no porque hayan aportado la mayor cantidad de capital.
  • El derecho de voto puede estar separado del patrimonio invertido. Muchas cooperativas se rigen por el principio de «un socio, un voto», lo que impide que el control se concentre exclusivamente a través de la acumulación de capital.
  • Los excedentes pueden repartirse en función del uso o del trabajo. Los rendimientos pueden distribuirse en función de la actividad de los socios, en lugar de en función del número de acciones que posean.
  • Las reservas pueden garantizar la continuidad a largo plazo. Algunos sistemas cooperativos destinan colectivamente una parte de sus beneficios, lo que puede reforzar el capital, pero reduce la cantidad disponible para su distribución inmediata.
  • Las transferencias pueden estar sujetas a restricciones. Las participaciones en cooperativas suelen ser menos negociables que las acciones ordinarias, lo que protege el modelo de propiedad al tiempo que limita la liquidez de los socios.

Estas características ponen de manifiesto una disyuntiva fundamental. Una participación más amplia puede reforzar el compromiso y la legitimidad, pero también puede complicar la financiación externa, una reestructuración rápida o las transferencias de propiedad. Los propietarios de patrimonio que barajen mecanismos similares deben decidir qué limitaciones están dispuestos a aceptar a cambio de un modelo de control más repartido.

Las empresas familiares ocupan un lugar central en el debate

La democracia económica reviste especial importancia para las empresas familiares, ya que estas combinan una estructura de propiedad concentrada con una influencia social y económica a largo plazo. Una gran empresa familiar puede dar empleo a miles de personas, dominar una cadena de suministro regional y seguir estando bajo el control de un pequeño grupo de accionistas emparentados. Por lo tanto, sus decisiones en materia de sucesión pueden afectar a comunidades que van mucho más allá del ámbito familiar.

La planificación tradicional de la sucesión se centra en los aspectos fiscales, el control de los derechos de voto, la herencia y la preparación de los futuros líderes de la familia. Un enfoque más amplio tiene en cuenta también la situación de los empleados, los accionistas minoritarios, la dirección y las comunidades en las que opera la empresa. Esto no implica que la familia tenga que ceder el control, pero sí puede modificar la forma en que se ejerce y se justifica dicho control.

Existen varios modelos de propiedad que pueden favorecer una distribución más amplia de los beneficios o de la influencia. Una familia podría introducir un sistema de participación de los empleados en los beneficios, crear un plan de acciones para los empleados, reservar puestos en el consejo de administración para el personal o transferir una participación mayoritaria a una fundación con fines específicos. También podría separar los derechos de voto de los derechos económicos, lo que permitiría proteger la misión de la empresa al tiempo que los empleados y los inversores externos participan financieramente.

Cada modelo conlleva consecuencias jurídicas y fiscales. Las acciones de los empleados pueden dar lugar a obligaciones en materia de impuesto sobre la renta, disputas sobre su valoración y requisitos derivados de la legislación sobre valores. La titularidad a nombre de una fundación puede proteger la continuidad, pero puede reducir la flexibilidad financiera de los herederos. Las acciones de doble clase pueden preservar el control estratégico al tiempo que atraen capital, pero también pueden debilitar la rendición de cuentas. No existe una estructura neutra: cada solución determina quién percibe los ingresos, quién asume el riesgo y quién toma la decisión final.

La transparencia fiscal está transformando el entorno operativo

La planificación fiscal internacional ha dejado de partir de la premisa de que las estructuras de propiedad seguirán siendo privadas a menos que las autoridades dispongan de pruebas de irregularidades. Los intercambios automáticos de información sobre cuentas financieras, los registros de titularidad real y los requisitos contra el blanqueo de capitales han hecho que los acuerdos transfronterizos sean más visibles para los reguladores y las entidades financieras.

La OCDE describe la transparencia sobre la titularidad real como un elemento fundamental en la lucha contra la evasión fiscal y los flujos financieros ilícitos. El objetivo es identificar a las personas que, en última instancia, son propietarias o controlan empresas, fideicomisos y otras estructuras jurídicas, en lugar de basarse únicamente en los nombres de los intermediarios o de los accionistas registrados. La aplicación sigue siendo desigual, y el Foro Global de la OCDE ha señalado que la disponibilidad de información precisa y actualizada sobre la titularidad real es una de las deficiencias más persistentes entre las jurisdicciones examinadas.

Para los propietarios legítimos de patrimonio, una mayor transparencia no impide el uso de estructuras internacionales. Las familias pueden seguir necesitando fideicomisos, sociedades de cartera, fundaciones y vehículos de inversión para gestionar la sucesión, la copropiedad o los activos en varios países. La diferencia radica en que los planificadores deben dar por hecho que estos acuerdos serán examinados por los bancos, las autoridades fiscales y otras entidades reguladas.

Esto modifica los criterios según los cuales debe evaluarse una estructura. El cumplimiento técnico sigue siendo necesario, pero ya no es suficiente. Una familia también debe poder explicar la finalidad comercial de cada entidad, la identidad de quienes ejercen el control y la relación entre la estructura y los objetivos de gobernanza declarados por la familia.

La planificación fiscal y la democracia económica no son la misma política

El argumento original de que las estrategias fiscales internacionales deben “apoyar la democracia económica” es demasiado amplio como para servir de guía en la planificación práctica. Los sistemas fiscales recaudan ingresos, influyen en el comportamiento y definen el tratamiento de los ingresos, la propiedad y las transferencias, mientras que la democracia económica se refiere a la distribución de la autoridad económica. Ambos ámbitos se solapan, pero no deben considerarse intercambiables.

Los gobiernos pueden recurrir a incentivos fiscales para fomentar la participación de los trabajadores en la propiedad de las empresas, la capitalización de las cooperativas o la sucesión empresarial a largo plazo. También pueden aplicar impuestos sobre sucesiones, sobre las plusvalías o sobre el patrimonio que afecten a la concentración y la transferencia de activos. No obstante, las normas fiscales internacionales se centran principalmente en la asignación de los derechos de tributación, la prevención de la evasión fiscal y la reducción de las posibilidades de trasladar beneficios u ocultar la titularidad.

Para las familias, esto plantea varias prioridades a la hora de planificar:

  • Hay que distinguir entre las necesidades reales de sucesión y la complejidad fiscal artificial. Una estructura debe resolver un problema concreto relacionado con la gobernanza, la propiedad o la inversión, en lugar de existir únicamente para aprovechar una diferencia temporal entre jurisdicciones.
  • Lleva un control preciso de los documentos. La titularidad jurídica, los derechos económicos y la facultad de tomar decisiones pueden recaer en distintas partes, y es necesario comprender cada una de estas relaciones.
  • Evaluar los efectos sociales de los incentivos fiscales. Un plan de participación de los empleados en la propiedad puede resultar ventajoso desde el punto de vista fiscal, pero su valor depende de que los empleados tengan una participación significativa y de que la situación financiera esté debidamente diversificada.
  • Modificación de la política modelo. Una estructura que depende de un trato preferencial permanente resulta vulnerable cuando los gobiernos modifican la normativa sobre el impuesto de sucesiones, el impuesto sobre las plusvalías o el impuesto de sociedades.
  • Coordinar las jurisdicciones. Una transferencia que reciba un trato favorable en un país puede dar lugar a obligaciones de información o a obligaciones fiscales en otros lugares, especialmente cuando los beneficiarios se desplazan a nivel internacional.

El resultado no supone el fin de la planificación fiscal, sino una forma más exigente de la misma. Los asesores deben integrar las consideraciones fiscales, jurídicas y de gobernanza, en lugar de tratarlas como aspectos independientes.

La participación de los empleados en la propiedad puede ampliar la riqueza, pero también concentrar el riesgo

La participación de los empleados en el capital social se presenta a menudo como un puente práctico entre el capitalismo convencional y la democracia económica. Puede permitir a los trabajadores participar en el valor que ellos mismos ayudan a crear, reforzar la retención del personal y alinear los intereses de los empleados con los resultados a largo plazo de la empresa.

Los beneficios económicos dependen del modelo de diseño. Una empresa rentable que distribuya ampliamente sus acciones puede ayudar a los empleados a acumular patrimonio más allá de sus salarios. Los trabajadores también pueden acceder a información y a canales de gobernanza que mejoren su influencia en las decisiones estratégicas.

El riesgo es que los empleados se vuelvan excesivamente dependientes de una sola empresa. Su salario, sus perspectivas de jubilación y su capital de inversión pueden estar vinculados al mismo empleador. Si la empresa quiebra, pueden perder tanto su empleo como sus ahorros. La experiencia de los empleados de empresas como Enron puso de manifiesto el perjuicio que se produce cuando el patrimonio destinado a la jubilación se concentra en acciones de la empresa sin una diversificación adecuada.

Por lo tanto, las empresas que introduzcan la participación de los trabajadores en la propiedad deberían considerar la posibilidad de establecer límites a la concentración, garantizar el acceso a un asesoramiento financiero independiente y establecer mecanismos que permitan a los trabajadores vender sus acciones en condiciones definidas. La participación debería servir para reforzar la seguridad financiera, en lugar de trasladar el riesgo empresarial a los trabajadores, que tienen menos capacidad para asumirlo.

La gobernanza digital genera nuevas posibilidades y problemas ya conocidos

Las plataformas digitales pueden reducir el coste de la votación, la presentación de informes y la coordinación de grandes grupos de propietarios. Los socios de cooperativas, los empleados accionistas y los beneficiarios de estructuras familiares pueden recibir información y participar en las decisiones sin necesidad de estar presentes en el mismo lugar. Los sistemas basados en blockchain también pueden registrar los cambios de titularidad y los resultados de las votaciones.

Estas herramientas pueden facilitar la participación, pero no resuelven las cuestiones fundamentales de gobernanza. Una votación digital sigue siendo débil si los participantes carecen de información, si la dirección controla el orden del día o si la consulta formal no influye en las decisiones finales. La tecnología puede mejorar la gestión de la democracia económica sin garantizar su esencia.

La tokenización genera una tensión similar. Dividir un activo en unidades digitales puede ampliar el acceso, pero los derechos asociados a dichas unidades pueden ser limitados. Los inversores pueden obtener una participación económica sin disponer de un poder de voto significativo, derechos de información ni protección frente a las decisiones tomadas por un propietario mayoritario.

Las oficinas familiares que estén considerando la implantación de sistemas de titularidad digital deben centrarse en los derechos legales antes que en el diseño tecnológico. Deben saber quién puede votar, quién puede transferir una participación, cómo se resuelven los conflictos y qué ocurre si la plataforma falla. Un libro mayor transparente no compensa una gobernanza deficiente.

La filantropía no sustituye a la reforma de la propiedad

Las familias adineradas suelen abordar la desigualdad mediante fundaciones benéficas y la inversión de impacto. Estas actividades pueden contribuir a la educación, la sanidad, los proyectos climáticos y el desarrollo comunitario, pero no deben calificarse automáticamente como democracia económica.

La filantropía suele permitir al donante decidir qué problemas merecen atención y cómo deben asignarse los recursos. Los beneficiarios pueden recibir un apoyo considerable sin adquirir influencia sobre los activos o las instituciones que lo proporcionan. La democracia económica hace mayor hincapié en la participación, la implicación y el poder de decisión.

Esta distinción no resta legitimidad a la filantropía. Significa que las familias deben describir sus objetivos con precisión. Un programa de subvenciones puede aliviar las dificultades, mientras que la participación de los empleados en la propiedad modifica la distribución de los derechos económicos. Un fondo de impacto puede financiar proyectos socialmente beneficiosos, mientras que una cooperativa otorga a sus miembros autoridad formal sobre una empresa.

Las familias que deseen que su patrimonio desempeñe un papel social más amplio pueden combinar estos enfoques. Podrían mantener una fundación dedicada a obras benéficas, introducir la participación de los empleados en la empresa operativa y crear procesos de gobernanza en los que participen los miembros más jóvenes de la familia y las partes interesadas externas. La combinación adecuada depende del origen del patrimonio, los valores de la familia y el marco jurídico.

La planificación patrimonial debería partir de cuestiones relacionadas con la gobernanza

Una familia que se plantee las implicaciones de la democracia económica no debería empezar por elegir una estructura de cooperativa, fideicomiso o fundación. En primer lugar, debería aclarar la finalidad del patrimonio y los derechos que deben tener las distintas partes interesadas.

Hay varias preguntas que pueden servir de guía en el proceso:

  • ¿Quién debería hacerse cargo de la gestión de la empresa tras la generación actual?
  • ¿Deberían los empleados participar únicamente en los beneficios, o también en la propiedad y la gestión de la empresa?
  • ¿Qué activos están destinados a mantener a los familiares y cuáles deben seguir destinados a una empresa o a un fin público?
  • ¿Cuánta liquidez deberían poder obtener los herederos de la estructura?
  • ¿Qué obligaciones asume la familia con respecto a los empleados, las comunidades y las generaciones futuras?
  • ¿Cómo se resolverán los desacuerdos entre el control familiar y los intereses de las partes interesadas?
  • ¿Podrá la estructura resistir los cambios en la legislación fiscal, la residencia familiar y los resultados de la empresa?

Estas cuestiones no pueden ser resueltas únicamente por los asesores fiscales. Requieren la participación de los miembros de la familia, la dirección de la empresa, los empleados —cuando proceda—, abogados, profesionales de la inversión y especialistas en gobernanza. El objetivo no es otorgar la misma autoridad a todas las partes interesadas, sino garantizar que los derechos y las responsabilidades se establezcan de forma deliberada, en lugar de heredarse sin un análisis previo.

La siguiente fase vendrá marcada por el análisis riguroso más que por la ideología

En los próximos tres a cinco años, es poco probable que la democracia económica se convierta en un producto estándar que ofrezcan los bancos privados o las oficinas familiares. Su influencia será indirecta, pero significativa. Los gobiernos seguirán reforzando la transparencia fiscal, los empleados exigirán una participación más clara en el éxito empresarial y los miembros más jóvenes de las familias podrían cuestionar las estructuras de propiedad que proporcionan beneficios económicos sin un propósito social claramente definido.

Es probable que cada vez más empresas familiares analicen la participación de los empleados, la propiedad de la fundación y los modelos de gestión como parte de la planificación de la sucesión. La adopción de estas medidas seguirá siendo desigual, ya que los sistemas fiscales, la legislación mercantil y las actitudes culturales difieren enormemente de una jurisdicción a otra. Una estructura que funcione para una empresa industrial alemana puede resultar inadecuada para el fundador de una empresa tecnológica en Estados Unidos o para una familia dispersa por todo el mundo que no tenga ninguna empresa en activo.

Las cooperativas seguirán siendo una parte importante de la economía mundial, pero no hay fundamentos fiables para afirmar que su número aumentará en un porcentaje concreto en los próximos años. Su expansión dependerá del acceso a la financiación, de una legislación favorable, de una gestión profesional y de la capacidad para competir en unos mercados que, a menudo, favorecen al capital concentrado y a la rapidez en la toma de decisiones.

La planificación fiscal internacional seguirá siendo necesaria. Las familias seguirán trasladándose, invirtiendo y siendo propietarias de empresas más allá de las fronteras. El cambio relevante es que se esperará que los acuerdos demuestren transparencia, sustancia económica y un propósito de gobernanza defendible.

La concentración de la riqueza exige una explicación más clara de su finalidad

La democracia económica no ofrece un modelo único para la planificación patrimonial a escala mundial. Plantea una serie de cuestiones sobre la propiedad, la participación y la legitimidad del control económico. A las familias acaudaladas y a sus asesores les resulta cada vez más difícil eludir estas cuestiones, dado que la desigualdad sigue siendo elevada y las autoridades tienen cada vez más acceso a la información sobre la propiedad transfronteriza.

Mondragon demuestra que las grandes empresas pueden funcionar con una distribución más amplia de los derechos de gobernanza y financieros, mientras que sus dificultades también ponen de manifiesto que la propiedad democrática no elimina la disciplina empresarial. Los planes de participación de los trabajadores, las fundaciones y las estructuras cooperativas pueden distribuir los beneficios de forma más amplia, pero cada uno de ellos conlleva limitaciones y riesgos que es necesario comprender.

El futuro de la planificación patrimonial internacional no vendrá determinado por el abandono de la propiedad privada ni por la estrategia fiscal. Dependerá de si las estructuras de propiedad logran combinar la eficiencia jurídica con la transparencia, la continuidad y una explicación creíble de a quién está destinado el patrimonio. Para las familias que planifican a lo largo de varias generaciones, se trata cada vez más de una cuestión de gobernanza antes que de una cuestión fiscal.