Activos reales

Aumento de la inversión en infraestructuras a nivel mundial

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Los gobiernos y los inversores se están preparando para realizar importantes inversiones en transporte, energía, redes digitales y servicios públicos. El Global Infrastructure Hub estima que la diferencia entre la inversión en infraestructuras necesaria y la prevista asciende a $15 billones. La necesidad es evidente. La tarea más difícil consiste en convertir esa demanda en proyectos capaces de atraer capital, sobrevivir a los cambios políticos y generar una rentabilidad aceptable a lo largo de varias décadas.

Las infraestructuras sustentan prácticamente todos los ámbitos de la actividad económica. Las carreteras facilitan el transporte de mercancías y trabajadores. Las redes eléctricas suministran energía a los hogares y a la industria. Los sistemas de abastecimiento de agua protegen la salud pública, mientras que las conexiones digitales determinan cada vez más la capacidad competitiva de las empresas y las regiones.

Por lo tanto, los argumentos económicos a favor de la inversión son amplios. Las infraestructuras pueden aumentar la productividad, crear empleo y eliminar las limitaciones al crecimiento.

Sin embargo, una gran necesidad pública no se traduce automáticamente en un proyecto viable para la inversión.

Muchos activos requieren grandes cantidades de capital antes de generar ingresos. Su desarrollo puede llevar años, y la rentabilidad depende de la normativa, las políticas públicas y las previsiones sobre la demanda a largo plazo.

Esta tensión ocupa un lugar central en el actual ciclo de inversión. El mundo necesita más infraestructuras, pero los inversores necesitan proyectos con una viabilidad económica creíble y un riesgo asumible.

Los gobiernos ya no pueden financiarlo todo

Tradicionalmente, las infraestructuras eran financiadas y propiedad del Estado. Los gobiernos construían carreteras, puentes, vías férreas y servicios públicos porque estos activos aportaban beneficios que los inversores privados no siempre podían obtener directamente.

La financiación pública sigue siendo esencial, sobre todo para proyectos que aportan grandes beneficios sociales pero cuyos ingresos son escasos o inciertos.

No obstante, las restricciones fiscales han obligado a los gobiernos a recurrir a más capital privado. La elevada deuda pública, el envejecimiento de las infraestructuras y las diversas demandas presupuestarias dificultan la financiación de todos los proyectos mediante impuestos o préstamos.

Según las cifras facilitadas, la inversión privada representa actualmente más del 30% de la financiación mundial de infraestructuras.

Los inversores institucionales son candidatos naturales. Los fondos de pensiones, las aseguradoras y los fondos soberanos tienen pasivos a largo plazo y, a menudo, buscan activos capaces de generar flujos de caja estables durante muchos años.

Las infraestructuras pueden satisfacer esa demanda, pero solo en las condiciones adecuadas.

Una red eléctrica regulada con ingresos previsibles es muy diferente de una nueva línea ferroviaria cuyos ingresos dependen de previsiones optimistas sobre el número de pasajeros.

Se trata de una categoría muy amplia. Y sus riesgos también lo son.

La brecha de inversión no se reduce únicamente a una falta de dinero

El déficit mundial en infraestructuras, estimado en $15 billones, se suele presentar como prueba de que es necesario movilizar más capital.

El capital es solo una parte del problema.

Muchos proyectos no están lo suficientemente desarrollados como para recibir inversión institucional. Es posible que los estudios de viabilidad estén incompletos, que no se hayan resuelto los trámites de autorización o que los modelos de ingresos no estén claros. Las autoridades políticas pueden apoyar un proyecto en principio sin definir quién lo financiará.

Los inversores no pueden financiar una ambición. Necesitan contratos, previsiones de flujo de caja y una distribución clara de los riesgos.

Esto ayuda a explicar por qué pueden coexistir grandes reservas de capital privado con graves carencias en materia de infraestructuras.

El problema es especialmente grave en las economías en desarrollo. La necesidad de carreteras, electricidad, saneamiento y redes digitales puede ser considerable, mientras que los proyectos se enfrentan al riesgo cambiario, a una aplicación menos rigurosa de la legislación y a una normativa menos predecible.

Una mayor necesidad no implica necesariamente que la financiación sea más fácil.

Para reducir esa brecha es necesario, tanto reforzar la preparación de los proyectos como contar con financiación adicional.

Las infraestructuras siempre han transformado las economías

La red de autopistas interestatales de Estados Unidos pone de manifiesto cómo las infraestructuras pueden modificar la geografía económica de un país.

Las obras comenzaron en la década de 1950 y facilitaron la circulación de mercancías y personas por todo Estados Unidos. Esto contribuyó al desarrollo de la logística, la expansión de los barrios periféricos y el comercio nacional.

Los beneficios se extendieron mucho más allá de las propias carreteras.

El sistema también pone de manifiesto la magnitud del compromiso público que se requiere. Este tipo de redes son difíciles de justificar únicamente con los ingresos directos de cada tramo. Su valor económico proviene, en parte, de la actividad que permiten desarrollar en otros lugares.

La Iniciativa de la Franja y la Ruta de China presenta un modelo diferente.

A través de puertos, ferrocarriles, centrales eléctricas y corredores de transporte, China ha financiado infraestructuras en Asia, África, Europa y América Latina. El programa combina objetivos comerciales, diplomáticos y estratégicos.

Algunos proyectos han mejorado las conexiones comerciales y han proporcionado infraestructuras muy necesarias. Otros han sido objeto de críticas por cuestiones relacionadas con la deuda, la transparencia, el impacto medioambiental y la viabilidad económica.

La lección no es que los grandes programas de infraestructuras tengan éxito o fracasen en su conjunto, sino que la ambición política no puede sustituir a la disciplina a nivel de proyecto.

El capital privado cambia las reglas del juego

Los inversores privados aportan capital, conocimientos técnicos y una mayor exigencia en materia de eficiencia operativa.

Además, exigen una rentabilidad económica.

Esto modifica la forma en que se seleccionan y estructuran los proyectos. Un activo debe generar ingresos a través de cuotas de usuario, tarifas reguladas, pagos por disponibilidad u otro mecanismo contractual.

Las autopistas de peaje, los aeropuertos, los centros de datos y las plantas de energía renovable pueden encajar en este modelo. Los parques públicos, las carreteras rurales y las defensas contra las inundaciones, en cambio, a menudo no lo hacen.

Los gobiernos pueden hacer que los proyectos menos atractivos desde el punto de vista comercial resulten viables para la inversión mediante garantías, subvenciones o contratos a largo plazo. Los bancos de desarrollo pueden ofrecer financiación en condiciones favorables o asumir riesgos que las instituciones privadas no están dispuestas a asumir.

Este tipo de estructuras pueden movilizar capital de forma eficaz.

Además, pueden trasladar el riesgo excesivo a los contribuyentes.

Una colaboración público-privada mal diseñada puede permitir que los inversores se queden con los beneficios, mientras que el Estado asume las pérdidas. Las garantías de demanda pueden resultar costosas si el consumo es inferior a lo previsto.

Por lo tanto, la participación privada debería evaluarse en función de la relación calidad-precio, y no únicamente en función de si un activo se mantiene fuera del balance público.

Las infraestructuras presentan características atractivas

Los inversores se sienten atraídos por el sector de las infraestructuras porque muchos de sus activos prestan servicios esenciales con una competencia limitada.

Las redes eléctricas, las redes de abastecimiento de agua y las infraestructuras de transporte pueden generar ingresos relativamente estables. Algunos contratos o tarifas reguladas ofrecen protección frente a la inflación.

La larga vida útil de los activos también puede resultar adecuada para instituciones con pasivos a largo plazo.

Estas cualidades han propiciado que las infraestructuras se hayan convertido en una categoría de inversión reconocida dentro de los mercados privados y los activos reales.

La aparente estabilidad puede resultar engañosa.

La demanda puede variar. La normativa puede limitar los precios. Los costes de construcción pueden superar los presupuestos, mientras que la refinanciación se encarece cuando suben los tipos de interés.

Los activos que parecían de bajo riesgo gracias a una financiación barata pueden perder atractivo cuando aumentan los costes de financiación.

La infraestructura no es simplemente una estructura de hormigón. Su valor depende de las operaciones, los contratos y las decisiones políticas.

La construcción es el lugar donde los planes se enfrentan a la realidad

Los grandes proyectos de infraestructura tienen un historial deficiente en cuanto al cumplimiento de las estimaciones iniciales de costes y plazos.

Pueden producirse retrasos debido a la tramitación de permisos, la adquisición de terrenos, problemas de ingeniería o la escasez de mano de obra y materiales. La inflación puede aumentar los costes antes de que el activo comience a generar ingresos.

Los proyectos complejos son especialmente vulnerables.

La construcción de un puente o una central eléctrica puede depender de varios contratistas, organismos reguladores y proveedores. Un fallo en cualquier eslabón de la cadena puede retrasar todo el proyecto.

Los inversores deben distinguir entre el riesgo de construcción y el riesgo operativo.

Un activo consolidado con un historial de ingresos es más fácil de evaluar que un proyecto que existe principalmente en forma de planes y modelos financieros. La rentabilidad esperada debería reflejar esa diferencia.

Los contratos de construcción a precio fijo pueden transferir parte del riesgo a los promotores, pero la protección depende en gran medida de la solidez del balance del contratista.

Cuando un proveedor importante incumple, el riesgo suele recaer en el propietario.

La transición energética amplía el mercado

Las infraestructuras sostenibles se han convertido en una de las principales fuentes de nueva demanda de inversión.

Los gobiernos necesitan fuentes de generación renovable, redes eléctricas, sistemas de almacenamiento y redes de recarga para reducir las emisiones y fomentar la electrificación. Los edificios y los sistemas de transporte también deben ser más eficientes.

Según las cifras facilitadas, se prevé que la inversión en infraestructuras de energías renovables alcance los $10 billones para 2030.

La oportunidad es considerable, pero no se limita a los parques eólicos y solares.

Las redes eléctricas pueden requerir algunas de las inversiones más cuantiosas. La generación de energía renovable solo resulta útil cuando la electricidad puede transmitirse, equilibrarse y distribuirse allí donde se necesita.

El almacenamiento de energía, los interconectores y los sistemas de control digital cobrarán cada vez más importancia a medida que el suministro eléctrico se vuelva más variable.

Estos activos suelen conllevar rendimientos regulados y largos periodos de planificación. Su desarrollo depende en gran medida de las políticas y de la cooperación entre las autoridades públicas y los operadores privados.

Por lo tanto, la transición energética supone tanto un reto en materia de infraestructuras como un reto tecnológico.

El Pacto Verde de la UE canaliza el capital

El Pacto Verde Europeo tiene como objetivo que la Unión Europea alcance la neutralidad climática para 2050.

Para alcanzar ese objetivo es necesaria una inversión considerable en energía, transporte, edificios e infraestructuras industriales. Las normas, las ayudas y los programas de financiación de la UE tienen por objeto canalizar el capital hacia estos ámbitos.

La regulación puede crear mercados mediante el establecimiento de objetivos y la mejora de la rentabilidad de los proyectos.

También puede generar incertidumbre.

Los inversores deben evaluar cómo pueden variar los programas de subvenciones, los precios del carbono y las normas técnicas a lo largo de la vida útil de un activo. Un proyecto cuyos rendimientos dependan por completo de la política actual puede verse en una situación vulnerable tras unas elecciones o una revisión presupuestaria.

Las inversiones más sólidas no son necesariamente aquellas que reciben las mayores ayudas. Son aquellas que cuentan con el respaldo de una demanda económica duradera y un marco normativo creíble.

Las políticas pueden impulsar la inversión. No pueden rescatar indefinidamente a los proyectos poco sólidos.

La tecnología mejora los activos y aumenta el riesgo

La tecnología digital se está integrando en las infraestructuras en todas las fases.

El modelado de información de edificios puede mejorar el diseño y la coordinación. Los sensores permiten a los operadores supervisar más de cerca puentes, tuberías y maquinaria. Las redes inteligentes pueden equilibrar la oferta y la demanda de electricidad en tiempo real.

Estas herramientas pueden reducir los costes de mantenimiento y prolongar la vida útil de los activos.

Además, generan nuevas vulnerabilidades.

Las infraestructuras conectadas a redes digitales pueden verse expuestas a ciberataques. Un fallo en el software o en los sistemas de comunicación puede provocar interrupciones en los servicios de transporte, energía o agua.

La tecnología también puede quedar obsoleta antes de que el activo físico llegue al final de su vida útil.

Por lo tanto, los inversores deben evaluar tanto la durabilidad de la estructura como la resiliencia de los sistemas que la controlan.

Un activo «inteligente» no tiene por qué ser necesariamente más seguro.

La infraestructura digital se convierte en algo esencial

Los centros de datos, las redes de fibra óptica y las torres de telecomunicaciones se han convertido en una parte fundamental del mercado de las infraestructuras.

Su crecimiento refleja la creciente demanda de computación en la nube, streaming, inteligencia artificial y servicios conectados.

A diferencia de muchos activos de infraestructura tradicionales, las instalaciones digitales pueden verse sometidas a rápidos cambios tecnológicos y a una fuerte competencia comercial.

Una autopista de peaje puede funcionar durante décadas con mejoras progresivas. Un centro de datos puede perder competitividad si carece de suficiente energía, refrigeración o conectividad.

La disponibilidad de electricidad se está convirtiendo en una limitación especialmente importante. Los grandes centros de datos consumen cantidades considerables de energía y pueden competir con los hogares y la industria por la capacidad de la red eléctrica.

Por lo tanto, el sector se sitúa en la intersección entre la infraestructura digital y la energética.

Su potencial de crecimiento es considerable, pero también lo son las preocupaciones en torno al consumo energético, los permisos de construcción y la oposición local.

Las disparidades regionales siguen siendo graves

La inversión en infraestructuras se distribuye de forma desigual.

Los mercados desarrollados suelen ofrecer una normativa más clara, mercados de capitales más profundos y una mayor protección jurídica. Estas condiciones facilitan la financiación de los proyectos, incluso cuando la necesidad no es tan urgente.

Las regiones en desarrollo pueden encontrarse ante la situación contraria. La falta de infraestructuras es más grave, pero la financiación resulta más cara y difícil de conseguir.

El riesgo cambiario es uno de los principales obstáculos. Un proyecto puede obtener ingresos en moneda local, mientras que su deuda está denominada en dólares o euros. Una depreciación puede hacer que el reembolso resulte inasumible.

Los riesgos políticos y normativos también aumentan el coste del capital.

Los bancos de desarrollo y las instituciones multilaterales pueden contribuir aportando garantías, financiación en moneda local y asistencia técnica. Su participación puede hacer que los proyectos resulten atractivos para los inversores privados.

No obstante, la financiación mixta debería utilizarse de forma selectiva.

El capital público o en régimen de concesión debe destinarse a hacer frente a un riesgo específico o a una deficiencia del mercado. No debe servir para encubrir un proyecto que carezca de viabilidad económica.

Los mercados emergentes necesitan proyectos en fase de desarrollo en los que se pueda invertir

Los gobiernos suelen anunciar largas listas de posibles proyectos de infraestructura.

Son pocos los que están preparados para obtener financiación.

Los inversores necesitan estudios técnicos detallados, evaluaciones medioambientales, derechos sobre los terrenos y previsiones realistas de la demanda. Los contratos deben definir las responsabilidades en materia de construcción, explotación y costes imprevistos.

El desarrollo de este proceso requiere tiempo y conocimientos especializados.

Los servicios de preparación de proyectos pueden ayudar a los gobiernos antes de que un activo llegue a la fase de financiación. Los contratos estandarizados pueden reducir los costes de transacción y facilitar la comparación entre proyectos.

La coordinación regional también puede mejorar la viabilidad. Una red eléctrica o de transporte que dé servicio a varios países puede atraer más inversión que los activos nacionales aislados.

El proceso pasa más desapercibido que el anuncio de un nuevo fondo de infraestructuras.

Además, es más probable que permita determinar si, en última instancia, se invierte ese dinero.

El riesgo político no se puede diversificar fácilmente

Los activos de infraestructura son fijos y, a menudo, están regulados por el Estado.

Esto hace que estén especialmente expuestos a las decisiones políticas.

Un nuevo gobierno podría revisar las tarifas, rescindir contratos o imponer impuestos adicionales. La oposición pública puede retrasar los proyectos o limitar los horarios de funcionamiento.

Los activos que prestan servicios esenciales son especialmente sensibles. Cuando aumentan los costes de la energía o del transporte, la presión política puede impedir que los operadores repercutan el incremento de los gastos a los usuarios.

Los inversores pueden negociar una protección contractual, pero su cumplimiento puede llevar años.

Los seguros contra riesgos políticos y las garantías multilaterales pueden reducir la exposición. No la eliminan.

Un proyecto puede estar protegido legalmente y, aun así, resultar difícil de llevar a cabo desde el punto de vista comercial o en lo que respecta a la reputación.

Por lo tanto, la legitimidad local forma parte de los argumentos a favor de la inversión.

La sostenibilidad va más allá del carbono

La infraestructura verde suele evaluarse principalmente en función de las emisiones.

También son importantes las repercusiones medioambientales y sociales más amplias.

La energía hidroeléctrica puede generar electricidad con bajas emisiones de carbono, pero al mismo tiempo provocar el desplazamiento de comunidades o dañar los ecosistemas. Las nuevas conexiones de transporte pueden mejorar la conectividad, pero también fomentan el desarrollo en zonas sensibles.

La minería y la construcción requieren grandes cantidades de materiales. El cemento y el acero conllevan unas emisiones implícitas considerables.

Una evaluación de sostenibilidad fiable debe abarcar todo el ciclo de vida del activo, desde la construcción y el uso del suelo hasta la explotación y el eventual desmantelamiento.

Las consideraciones sociales son igualmente importantes. Las infraestructuras pueden mejorar el acceso al empleo y a los servicios, pero sus costes y beneficios pueden distribuirse de forma desigual.

Los proyectos que ignoran las preocupaciones locales pueden enfrentarse a protestas, litigios y costosos retrasos.

Por lo tanto, la sostenibilidad no es solo una cuestión ética. Es un factor que influye en el riesgo de ejecución.

Los inversores deben comprender los ingresos

A menudo se describe la infraestructura como una única clase de activos, pero sus modelos de ingresos varían considerablemente.

Una empresa de servicios públicos regulada obtiene ingresos dentro de un marco establecido por las autoridades. Un aeropuerto depende del número de pasajeros y de la actividad comercial. Un proyecto de energía renovable puede vender electricidad en virtud de un contrato a largo plazo.

Cada estructura reacciona de forma diferente a la inflación, los tipos de interés y el crecimiento económico.

Los inversores deberían analizar quién paga en última instancia por el servicio y cómo se fijan los precios.

Los ingresos derivados de contratos pueden aportar estabilidad, pero las contrapartes pueden incumplir sus obligaciones o solicitar una renegociación. Los ingresos basados en el mercado ofrecen un potencial de ganancia, pero exponen el activo a la volatilidad.

La protección contra la inflación puede estar contemplada de forma explícita en una tarifa o en un contrato. También puede verse limitada por la resistencia política.

Entender el flujo de caja es más importante que la etiqueta de «infraestructura» que se le atribuye.

El aumento de los tipos de interés reajusta las valoraciones

Las infraestructuras experimentaron una fuerte expansión durante un periodo de tipos de interés bajos.

El endeudamiento a bajo coste aumentó el valor de los activos a largo plazo y permitió a los inversores pagar precios más elevados por unos ingresos estables.

Ese entorno ha cambiado.

El aumento de los costes de financiación reduce la rentabilidad y encarece la refinanciación. Es posible que haya que revaluar los activos adquiridos con bajos rendimientos.

Los nuevos proyectos se enfrentan a un umbral de rentabilidad más elevado. Algunos proyectos que parecían viables con una financiación más barata podrían retrasarse o cancelarse.

El efecto no es del todo negativo.

Unas valoraciones más bajas pueden generar oportunidades para los inversores que dispongan de capital. Unas tasas de descuento más elevadas también pueden exigir una mayor disciplina a la hora de seleccionar proyectos.

El sector de las infraestructuras sigue siendo atractivo, pero el precio que se paga es importante.

Incluso un activo de gran calidad puede generar una rentabilidad escasa si se adquiere a un precio demasiado elevado.

Las políticas deben encontrar un equilibrio entre la rapidez y el escrutinio

Los gobiernos suelen citar los retrasos en la planificación y la concesión de permisos como obstáculos para el desarrollo de las infraestructuras.

Una aprobación más rápida puede reducir la incertidumbre y evitar que los proyectos queden obsoletos antes de que comience la construcción.

Una aceleración mal diseñada conlleva diversos riesgos.

Las evaluaciones medioambientales, las consultas públicas y los análisis técnicos existen por una razón. Debilitar su eficacia podría dar lugar a impugnaciones legales o a proyectos que no logren obtener la aceptación de la población local.

El objetivo debería ser lograr un proceso más eficiente, no la ausencia de control.

Unos plazos claros, una coordinación entre las autoridades y unos requisitos previsibles pueden agilizar los trámites sin renunciar a los estándares.

Los inversores valoran la seguridad. No necesitan necesariamente que se aprueben todos los proyectos.

Una denegación rápida puede resultar más útil que años de incertidumbre administrativa.

La previsión de $79 billones requiere una ejecución eficaz

McKinsey ha previsto que la inversión mundial en infraestructuras podría alcanzar los $79 billones para 2040.

La cifra refleja la magnitud de la demanda en los sectores del transporte, la energía, el agua y las comunicaciones.

Que la inversión se lleve a cabo dependerá de algo más que de la disponibilidad de capital.

Los proyectos deben prepararse, obtener las autorizaciones necesarias y estructurarse adecuadamente. Los gobiernos necesitan políticas creíbles, mientras que los inversores privados exigen una rentabilidad acorde con los riesgos que asumen.

El peligro es que unas previsiones elevadas den la impresión de que el gasto en sí mismo es el objetivo.

Las infraestructuras deben evaluarse en función del servicio que prestan y de la actividad económica que impulsan. Un activo costoso con escasa demanda no adquiere valor por el mero hecho de que contribuya al total de la inversión.

La calidad es tan importante como la cantidad.

El próximo ciclo favorecerá al capital disciplinado

Es probable que las infraestructuras sigan siendo uno de los temas centrales de inversión de las próximas décadas.

La urbanización, la digitalización, la seguridad energética y la adaptación al cambio climático requieren, en todos los casos, importantes activos físicos. Las redes obsoletas de las economías desarrolladas necesitan renovarse, mientras que los mercados emergentes necesitan nueva capacidad. La oportunidad es real. Y también lo son las limitaciones.

Los proyectos pueden fracasar debido a una planificación deficiente, a la intervención política, a retrasos en la construcción o a hipótesis de demanda poco realistas. Los activos sostenibles pueden seguir acarreando costes medioambientales y sociales. Las asociaciones público-privadas pueden movilizar capital o dejar a los contribuyentes con pasivos costosos.

Las inversiones más sólidas conciliarán las necesidades de la ciudadanía con una fuente de ingresos duradera.

Los gobiernos deben crear marcos normativos predecibles y elaborar proyectos creíbles. Los inversores deben evaluar los contratos, el contexto político y las operaciones con el mismo cuidado que aplican a los mercados financieros.

La brecha en materia de infraestructuras no se cerrará únicamente con capital. Se cerrará proyecto a proyecto, mediante activos que puedan financiarse, construirse y gestionarse sin perder de vista la razón por la que eran necesarios en primer lugar.

  Aumento de la inversión en infraestructuras a nivel mundial