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Inversiones en infraestructura verde

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Inversiones en infraestructura verde

La infraestructura verde está atrayendo capital a una escala que habría sido difícil de imaginar hace una década. La inversión mundial alcanzó una cifra estimada de 1,46 billones de dólares en 2022, a medida que los gobiernos y los inversores privados buscaban expandir las energías limpias, modernizar el transporte y hacer que las ciudades fueran más resilientes. La oportunidad es considerable, pero también lo son los riesgos de financiación, ejecución y políticos.

Tradicionalmente, las infraestructuras se han evaluado en función de su capacidad para impulsar la actividad económica y generar rendimientos fiables a largo plazo. Los costes medioambientales solían considerarse aspectos secundarios.

El cambio climático ha alterado ese cálculo. Las inundaciones, las olas de calor, la escasez de agua y la mayor volatilidad de los mercados energéticos están poniendo de manifiesto las consecuencias financieras de unas infraestructuras mal diseñadas. Los activos que antes parecían fiables pueden resultar ahora más caros de explotar, asegurar o mantener.

La infraestructura verde tiene como objetivo hacer frente a estos riesgos al tiempo que impulsa el crecimiento económico. Esta categoría incluye sistemas de energía renovable, edificios energéticamente eficientes, transporte con bajas emisiones, gestión del agua, espacios verdes urbanos e infraestructuras diseñadas para resistir condiciones meteorológicas extremas.

Lo que antes era un segmento especializado de las finanzas medioambientales se está convirtiendo en un elemento central de la inversión pública y la asignación de activos institucionales.

Desde la política medioambiental hasta la asignación de capital

Alemania y Dinamarca se contaron entre los primeros países en implantar infraestructuras de energía renovable en la década de los 2000. Su inversión en energía eólica, energía solar y sistemas eléctricos modernos contribuyó a demostrar que era posible desarrollar energías más limpias a escala comercial.

Otros países siguieron su ejemplo, impulsados por la bajada de los costes tecnológicos y unos objetivos climáticos más ambiciosos. La generación de energía solar y eólica se expandió rápidamente, mientras que las ciudades comenzaron a invertir en transporte público eléctrico, edificios energéticamente eficientes y medidas para gestionar el calor y las inundaciones.

Este cambio también ha ampliado la definición de infraestructura. Las carreteras, los puentes y las centrales eléctricas siguen siendo esenciales, pero los inversores tienen cada vez más en cuenta los activos naturales e híbridos, además de las obras de construcción convencionales.

Los bosques urbanos pueden reducir el calor. Los humedales pueden ofrecer protección contra las inundaciones. Los tejados verdes pueden mejorar el aislamiento y gestionar las precipitaciones. Es posible que estos proyectos no se parezcan a las infraestructuras tradicionales, pero pueden desempeñar valiosas funciones económicas.

Singapur es un buen ejemplo de este enfoque más amplio. La ciudad-estado ha integrado parques, corredores verdes y un diseño basado en la naturaleza en su denso desarrollo urbano. Proyectos como «Gardens by the Bay» fomentan la biodiversidad y el espacio público, al tiempo que refuerzan el atractivo de Singapur como destino para residentes, empresas y turistas.

No siempre es fácil cuantificar los beneficios económicos. Estos pueden manifestarse en forma de un aumento del valor de los inmuebles, una reducción de los gastos de refrigeración, una mejora de la salud pública o una mayor resiliencia ante los fenómenos climáticos, en lugar de a través de una única fuente de ingresos.

La inversión crece, pero de forma desigual

La inversión mundial en infraestructura verde aumentó en 151 000 millones de euros en 2022, lo que indica que el sector está ganando credibilidad entre los inversores tanto públicos como privados.

Los proyectos de energías renovables representaron alrededor del 401 % del total. Los activos solares y eólicos siguen siendo el segmento más consolidado del mercado, ya que sus ingresos, costes operativos y rendimiento tecnológico se conocen relativamente bien.

Los proyectos de espacios verdes urbanos, entre los que se incluyen parques y edificios ecológicos, representaron aproximadamente el 251 % de la inversión. Su expansión refleja la presión a la que se ven sometidas las ciudades para reducir las emisiones y, al mismo tiempo, adaptarse al aumento de las temperaturas y al crecimiento demográfico.

Las políticas han desempeñado un papel decisivo. Más de 30 países han introducido incentivos fiscales o subvenciones destinadas a fomentar el desarrollo de infraestructuras ecológicas.

Este tipo de apoyo puede mejorar la rentabilidad del proyecto y reducir el riesgo en las primeras fases. Sin embargo, también puede dejar a los inversores expuestos a los cambios en las prioridades del Gobierno. Un proyecto que dependa en gran medida de las subvenciones puede perder atractivo si se modifican el régimen fiscal, los aranceles o la financiación pública.

La participación del sector privado está aumentando a medida que las empresas invierten en energías renovables, redes de recarga, almacenamiento de energía e instalaciones más eficientes. Grupos como Tesla y Google han destinado capital a infraestructuras destinadas a respaldar sus operaciones y reducir su huella medioambiental.

La inversión empresarial es importante, pero no puede sustituir a la planificación pública. Las redes eléctricas, los sistemas de transporte y las redes de abastecimiento de agua urbanas requieren una coordinación entre las empresas, los organismos reguladores y los distintos niveles de la administración.

El reto de la financiación

La infraestructura verde suele requerir una inversión considerable antes de generar beneficios. La planificación y construcción de los proyectos puede llevar años, mientras que sus beneficios pueden prolongarse durante varias décadas.

Este perfil debería hacerlos idóneos para fondos de pensiones, aseguradoras y fondos soberanos con horizontes de inversión a largo plazo. En la práctica, muchos proyectos tienen dificultades para atraer capital privado.

El problema no es necesariamente la falta de demanda por parte de los inversores. Es posible que los proyectos sean demasiado pequeños, no estén lo suficientemente preparados o estén expuestos a riesgos normativos y de construcción que los inversores no puedan valorar con seguridad.

Los modelos de ingresos también varían considerablemente. Un parque solar puede vender electricidad en virtud de un contrato a largo plazo. El transporte público, las defensas contra las inundaciones y los parques urbanos pueden depender en mayor medida de los presupuestos públicos o de beneficios económicos indirectos.

Las estructuras de financiación mixta pueden ser de ayuda. Los gobiernos y los bancos de desarrollo pueden asumir parte del riesgo inicial, ofrecer garantías o aportar capital subordinado. Esto puede hacer que los proyectos resulten más atractivos para los inversores comerciales.

No obstante, la estructura debe ser transparente. Las ayudas públicas deben destinarse a subsanar fallos de mercado identificables, en lugar de proteger a los inversores privados de riesgos que están en condiciones de asumir.

Las devoluciones requieren una medición fiable

Los inversores demandan cada vez más que los proyectos ofrezcan tanto rentabilidad financiera como beneficios medioambientales cuantificables. Esto genera una necesidad de contar con indicadores de impacto claros.

La generación de energía y la reducción de emisiones suelen poder cuantificarse. Los efectos de los espacios verdes urbanos, la protección de la biodiversidad o la adaptación al cambio climático son más difíciles de comparar entre distintos proyectos.

Un proyecto puede calificarse de «ecológico» porque utiliza materiales eficientes, pero su construcción podría seguir generando una gran huella de carbono. Un nuevo sistema de transporte puede reducir las emisiones, pero al mismo tiempo desplazar a comunidades o generar otros costes sociales.

Por lo tanto, las etiquetas ofrecen información limitada. Los inversores deben comprender el ciclo de vida completo del proyecto, incluyendo la construcción, la explotación, el mantenimiento y el eventual desmantelamiento.

También deben distinguir entre mitigación y adaptación. Las energías renovables pueden reducir las emisiones futuras. Las barreras contra las inundaciones y los sistemas de gestión del agua están diseñados para hacer frente a los efectos del cambio climático que ya se están volviendo inevitables. Ambos son necesarios, pero sus riesgos y modelos de financiación difieren.

Una medición fiable reviste especial importancia cuando los proyectos se financian mediante bonos verdes o instrumentos vinculados a la sostenibilidad. Los inversores necesitan pruebas de que los fondos se están utilizando tal y como se prometió y de que los resultados comunicados son significativos.

La resiliencia económica se convierte en parte del retorno

A menudo se suele enfocar la infraestructura verde desde una perspectiva medioambiental. Sin embargo, su valor económico puede ser igual de importante.

Las redes eléctricas resilientes pueden reducir las interrupciones en las empresas. Una mejor infraestructura hidráulica protege la producción industrial y la agricultura. Los edificios eficientes reducen los costes energéticos. El transporte público puede mejorar el acceso a los mercados laborales y reducir la congestión.

Los espacios verdes urbanos también pueden contribuir a la salud pública y al valor de los inmuebles. Sus beneficios se extienden a residentes, empresas, aseguradoras y autoridades locales, lo que hace difícil que un solo inversor pueda aprovecharlos.

Esta es una de las razones por las que las políticas públicas siguen siendo fundamentales. Es posible que los proyectos con importantes beneficios sociales y económicos no logren generar una rentabilidad privada lo suficientemente atractiva.

Los gobiernos pueden abordar esta cuestión mediante normas de planificación, mecanismos de fijación de precios, contratos públicos a largo plazo y ayudas financieras específicas. Sin embargo, una intervención mal diseñada puede dar lugar a proyectos costosos que dependan indefinidamente de las subvenciones.

La calidad de la inversión es tan importante como el volumen.

La tecnología transforma la economía

La próxima fase de la infraestructura verde vendrá determinada, en parte, por los avances tecnológicos.

Un almacenamiento de energía más económico podría aumentar la fiabilidad de la energía renovable. Los sistemas digitales pueden ayudar a las redes eléctricas a equilibrar la oferta y la demanda. Los sensores pueden mejorar la gestión del agua, los edificios y las redes de transporte.

Unos datos de mayor calidad también pueden facilitar la evaluación de los proyectos. Los inversores pueden supervisar el consumo energético, las emisiones, los riesgos climáticos físicos y el avance de las obras con mayor detalle que en el pasado.

La tecnología conlleva sus propias dependencias. Las infraestructuras inteligentes pueden ser vulnerables a los ciberataques, los fallos de software y los cambios rápidos en las normas técnicas. Las cadenas de suministro de los equipos pueden depender de minerales críticos o de una producción concentrada en un número reducido de países.

Por lo tanto, los inversores deben evaluar la resiliencia operativa junto con el desempeño medioambiental.

Un mercado que se acerca a su próxima prueba

La inversión mundial en infraestructura verde podría superar el billón de euros en 2028, impulsada por los objetivos climáticos, los avances tecnológicos y la presión normativa.

Para alcanzar ese nivel se necesitará algo más que compromisos ambiciosos. Los gobiernos deberán contar con carteras de proyectos fiables, una normativa estable y procesos de aprobación más ágiles. Los inversores necesitarán estructuras que adapten el capital a largo plazo a los riesgos específicos de cada activo.

Por su parte, los promotores deben demostrar que los proyectos pueden construirse a tiempo, gestionarse de manera eficiente y evaluarse en función de objetivos medioambientales claros.

Es probable que las mejores oportunidades sean aquellas en las que las necesidades públicas y la lógica comercial se refuercen mutuamente. Las energías renovables, la modernización de la red eléctrica, la eficiencia energética de los edificios y determinados proyectos de transporte ya ofrecen modelos de inversión relativamente consolidados.

Otros ámbitos, en particular la adaptación al cambio climático y las infraestructuras basadas en la naturaleza, pueden requerir formas de financiación más innovadoras, ya que sus beneficios económicos son amplios, pero sus ingresos directos son limitados.

La infraestructura verde ya no es un aspecto secundario de la inversión sostenible. Se está convirtiendo en parte de la respuesta económica básica al cambio climático. La cuestión decisiva ya no es si entrará más capital en el sector, sino si ese capital puede destinarse a proyectos que sean financieramente sólidos, ambientalmente viables y lo suficientemente resilientes como para justificar su larga vida útil.