¿Qué ocurre cuando la siguiente generación no quiere el patrimonio familiar?
Un plan de sucesión puede ser jurídicamente riguroso, fiscalmente eficiente y estar cuidadosamente documentado, pero aun así fracasar en su premisa más básica: que la siguiente generación quiera lo que se le está ofreciendo.
Familias A menudo dedican años a decidir cómo debe transmitirse la propiedad, qué estructuras deben gestionar los activos y cómo deben regularse las futuras distribuciones. Se presta menos atención a si los sucesores previstos desean asumir la responsabilidad, la visibilidad y las obligaciones familiares que conlleva un patrimonio considerable. Algunos no quieren incorporarse al negocio familiar. Otros rechazan la expectativa de que el capital heredado deba conservarse indefinidamente. Los hermanos también pueden llegar a la edad adulta con ideas muy diferentes sobre la filantropía, el riesgo de inversión y lo que debería representar el apellido familiar.
No se trata de cuestiones secundarias que deban abordarse tras la transferencia. Son las que determinan si la estructura de sucesión puede funcionar en absoluto.
Una herencia rara vez es solo un conjunto de bienes
Para el beneficiario, el patrimonio familiar puede conllevar unas expectativas que nunca se han plasmado en los documentos legales. Es posible que se espere de la siguiente generación que proteja el capital, se mantenga fiel a determinados asesores, apoye a ciertos familiares o evite tomar decisiones que puedan interpretarse como una falta de lealtad hacia el fundador.
Por lo tanto, un beneficiario puede asumir varios roles a la vez: propietario, administrador, empresario, representante familiar y futuro donante. En una familia propietaria de una empresa, la distinción entre una relación privada y una comercial puede resultar difícil de mantener. Las conversaciones entre un progenitor y un hijo adulto también pueden conllevar una negociación tácita sobre los derechos de voto, las distribuciones o el futuro de la empresa.
Algunos sucesores acogen con agrado esta identidad. Otros la viven como una obligación que no han elegido.
Una negativa no debe interpretarse automáticamente como inmadurez o ingratitud. El sucesor puede tener preocupaciones legítimas sobre el origen de la fortuna, sus implicaciones sociales o el efecto que la propiedad podría tener sobre su independencia. También puede ser consciente de que aceptar una herencia considerable le vinculará a determinadas estructuras, asesores y familiares durante décadas.
La tarea de la familia no consiste en convencer a todos los descendientes de que adopten la visión del mundo del fundador, sino en comprender qué es lo que cada persona está realmente dispuesta a asumir.
Es posible que la próxima generación defina la gestión responsable de otra manera
Los miembros más mayores de la familia suelen entender la administración del patrimonio como la preservación del capital y su transferencia, intacto —o incrementado—, a la siguiente generación. Un sucesor más joven puede tener una visión totalmente diferente de lo que supone la administración del patrimonio.
Para un heredero, la gestión responsable del patrimonio puede significar conservar la empresa familiar y proteger el empleo. Para otro, puede significar destinar una parte sustancial del patrimonio a fines medioambientales o sociales. Un tercero puede preferir vender la empresa heredada antes que seguir asumiendo la responsabilidad de un sector en el que no tiene experiencia ni convicción.
Estas posturas pueden coexistir dentro de una misma familia. El conflicto surge cuando una de las interpretaciones se presenta como la única legítima.
Una constitución familiar puede hablar de preservar el legado, pero la palabra “legado” puede ocultar importantes desacuerdos. ¿Se refiere a la empresa, al capital, a la reputación de la familia, a su labor filantrópica o a los valores asociados al fundador? Puede que resulte imposible preservar todos estos objetivos al mismo tiempo.
Una herencia puede aportar seguridad y oportunidades, pero también puede generar obligaciones que marquen las relaciones durante décadas. Por lo tanto, preguntar al heredero si desea asumir esas obligaciones no es un acto de deslealtad. Es una de las preguntas más importantes del proceso de sucesión.


