Más allá de las subvenciones ecológicas: generar un impacto medioambiental duradero
Un donante que esté considerando invertir en tecnología climática debería plantearse la misma pregunta: ¿la subvención permite llevar a cabo una labor que, de otro modo, no se realizaría, o simplemente subvenciona a una empresa capaz de obtener capital comercial por otras vías?
La conservación de la naturaleza no puede gestionarse como un conjunto de proyectos aislados. Los donantes que financian iniciativas medioambientales suelen preferir proyectos con un inicio, un presupuesto y un resultado claros. Los ecosistemas no funcionan así.
La recuperación de un río puede depender de la política agrícola que se aplique aguas arriba. La supervivencia de una población de aves puede requerir la cooperación entre varios países. La pesca sostenible afecta a los medios de vida, la aplicación de la normativa, los mercados alimentarios y la ciencia marina. Los avances logrados en un lugar pueden desaparecer si el sistema en su conjunto no cambia.
La Fundación Oak, con sede en Ginebra, es un ejemplo de un modelo más amplio y orientado a los sistemas. Su Programa de Medio Ambiente se centra en los sistemas alimentarios marinos y los medios de vida, la naturaleza y las personas, y los paisajes regenerativos, mientras que su programa independiente «Iniciativas Climáticas Globales» aborda el cambio climático a un nivel más amplio. En 2025, Oak declaró haber concedido subvenciones por un total de 383 millones de dólares estadounidenses en el marco de sus programas, incluidos 31,8 millones de dólares para el Programa de Medio Ambiente y 38,1 millones de dólares para las Iniciativas Climáticas Globales.
Lo importante no es el tamaño de la fundación, algo que pocos donantes pueden igualar, sino el reconocimiento de que el cambio medioambiental suele requerir la concesión de subvenciones a organizaciones que trabajan en distintos ámbitos: la ejecución a nivel local, la investigación, las campañas, las políticas y la coordinación.
Los donantes más pequeños pueden seguir la misma lógica sin necesidad de crear un programa global. Una familia suiza preocupada por los ecosistemas fluviales podría financiar a una organización local dedicada a la restauración, iniciativas legales o normativas relacionadas con el uso del agua y un seguimiento científico a largo plazo. Aunar capital con otras fundaciones puede resultar más útil que asociar el nombre de la familia a un proyecto independiente. La colaboración es menos visible que la titularidad, pero a menudo resulta más adecuada para abordar el problema.
Los sistemas alimentarios ponen de manifiesto por qué los objetivos medioambientales y sociales no pueden separarse
La filantropía medioambiental pierde fuerza cuando trata a las personas como un obstáculo que rodea a la naturaleza. Las iniciativas para proteger los bosques, reducir el uso de productos químicos o cambiar las prácticas pesqueras afectan a los ingresos, a la seguridad alimentaria y al poder político local. Un plan de conservación que pueda parecer convincente desde Zúrich o Ginebra puede fracasar porque exige a las comunidades que asuman los costes, mientras que los beneficios se obtienen en otros lugares.
Biovision, fundada en Suiza, ha centrado su labor en la agroecología y en la relación entre la salud ecológica, la producción alimentaria y los medios de vida. Apoya programas en el África subsahariana, en Suiza y en el ámbito de las políticas internacionales, con el objetivo declarado de crear sistemas alimentarios capaces de producir alimentos saludables de forma responsable desde el punto de vista medioambiental y social.
Su enfoque resulta útil porque va más allá de limitarse a pagar a los agricultores para que adopten una técnica aprobada. Biovision combina el trabajo agrícola práctico con la investigación, la formación, el desarrollo de mercados y la promoción de políticas. Sus proyectos han respaldado métodos como la agricultura «Push-Pull», que aprovecha las interacciones ecológicas entre plantas e insectos en lugar de depender exclusivamente de insumos sintéticos, mientras que su labor más amplia busca influir en las condiciones en las que operan las empresas agroecológicas y los agricultores.
Esto no significa que todos los donantes del ámbito medioambiental deban financiar la agricultura. Demuestra por qué es importante la unidad de análisis. El apoyo a una sola explotación agrícola puede servir de ejemplo útil; sin embargo, son los cambios en la formación, los mercados y la política agrícola los que pueden determinar si la práctica se generaliza.
El mismo principio se aplica dentro de Suiza. Una fundación interesada en la salud de los suelos no debería limitarse únicamente a la sensibilización de la población. Es posible que tenga que apoyar ensayos dirigidos por agricultores, datos empíricos independientes, cambios en las políticas de contratación pública y el trabajo en materia de políticas que hagan que las prácticas mejoradas sean económicamente viables.
La cartera de inversiones de una fundación puede entrar en contradicción con sus subvenciones
Un donante puede destinar el cinco por ciento de los activos de una fundación a iniciativas medioambientales, mientras que invierte el resto del patrimonio sin tener en cuenta el clima ni la biodiversidad.
Esa contradicción está siendo objeto de un mayor escrutinio. El Compromiso Filantrópico Internacional sobre el Cambio Climático insta a las fundaciones a tener en cuenta el clima no solo en la concesión de subvenciones, sino también en la gobernanza, la inversión, las operaciones, el aprendizaje y la transparencia. Las directrices suizas han animado, de manera similar, a las fundaciones a examinar su exposición a los combustibles fósiles, formar a los consejos de administración y considerar cómo el clima afecta a los programas que no forman parte de una cartera formalmente medioambiental.
La respuesta no consiste automáticamente en destinar la totalidad del patrimonio a productos que cuenten con una etiqueta de sostenibilidad. Los datos sobre la inversión medioambiental siguen siendo inconsistentes, y las carteras pueden incurrir en comisiones más elevadas o en un riesgo concentrado sin aportar ningún beneficio ecológico adicional.
No obstante, la fundación debe saber qué activos posee. Debe poder explicar cómo evalúan los gestores de inversiones el riesgo de transición climática, la deforestación, la contaminación y la gestión responsable. Cuando una inversión entre en conflicto directo con la misión de la fundación, los miembros del consejo de administración necesitan una razón más sólida que la mera conveniencia del mandato vigente.
También hay una diferencia entre ajustar la cartera y utilizarla de forma activa. Una fundación puede excluir determinados sectores, invertir en soluciones climáticas, entablar un diálogo con las empresas o aceptar rendimientos concesionales cuando ello respalde directamente su objetivo. Cada enfoque conlleva diferentes implicaciones financieras y de impacto. La política de inversión debe guiarse por la misión, en lugar de servir únicamente para aparentar coherencia.
Las instituciones financiadoras pueden ser más importantes que la financiación de la innovación
La filantropía medioambiental se inclina por nuevas soluciones: un material que almacena carbono, una plataforma que mide la biodiversidad o un método para producir alimentos con menos insumos. La innovación ofrece una historia tangible y la posibilidad de un éxito espectacular.
Es posible que la solicitud de financiación menos atractiva provenga de una organización que necesite un director financiero, mejores sistemas de datos o ingresos sin restricciones suficientes para retener al personal con experiencia. Sin embargo, las instituciones débiles no pueden llevar a cabo programas medioambientales sólidos durante mucho tiempo.
Una investigación sobre filantropía suiza ha revelado que la financiación tradicional de proyectos sigue siendo la forma predominante entre las fundaciones que conceden subvenciones. Esta preferencia puede dar lugar a que las organizaciones beneficiarias cuenten con actividades bien financiadas, pero con operaciones que adolecen de una financiación insuficiente.
El trabajo en materia medioambiental es especialmente vulnerable porque los resultados tardan en llegar. La recuperación de especies, la restauración de ecosistemas y la reforma de las políticas no encajan perfectamente en ciclos de financiación de un año. Las organizaciones necesitan tener la capacidad de aprender, modificar sus métodos y, en ocasiones, reconocer que una intervención no ha funcionado.
Por lo tanto, las subvenciones plurianuales y flexibles pueden generar más valor que una subvención para un proyecto concreto de mayor cuantía pero con restricciones. Además, obligan a los donantes a ceder parte del control, lo que suele ser la decisión filantrópica más difícil de tomar.
Un donante serio debería preguntar a una organización medioambiental qué necesita para seguir siendo eficaz, y no solo qué nuevo proyecto puede idear para la fundación.
MAVA muestra cómo un donante puede planificar su desaparición
Las fundaciones suelen diseñarse para que perduren indefinidamente, incluso cuando el capital del donante podría generar un mayor valor si se invirtiera con mayor rapidez.
La Fundación MAVA, con sede en Suiza, optó por un camino diferente. Creada en 1994, desarrolló su labor en el Mediterráneo, África Occidental, Suiza y en el ámbito de los sistemas económicos sostenibles antes de poner fin a su actividad de concesión de subvenciones en 2022. Su estrategia final consistió en preparar deliberadamente a 24 socios para un futuro sin MAVA, combinando la financiación para la conservación con el apoyo organizativo, la evaluación, el desarrollo del liderazgo y los esfuerzos por fortalecer las redes entre los socios.
El cierre no supuso un mero gasto del fondo de dotación restante. Obligó a la fundación a enfrentarse a una cuestión que las instituciones permanentes pueden posponer: ¿qué seguirá existiendo cuando el donante ya no esté?
Para ello, fue necesario ayudar a los socios a diversificar sus fuentes de financiación, preservar los conocimientos y mantener la colaboración. MAVA también publicó evaluaciones y conclusiones extraídas de casi tres décadas de trabajo, en lugar de permitir que su experiencia se perdiera con la desaparición de la organización.
Un modelo de agotamiento de fondos no es adecuado para todas las fundaciones medioambientales. Algunos problemas requieren instituciones permanentes y capital a largo plazo. La lección es que la duración debe elegirse de forma deliberada. Una fundación no debe seguir existiendo simplemente porque la permanencia administrativa se haya convertido en su objetivo tácito.
Los donantes que se enfrentan a una crisis ecológica en la que el tiempo es un factor decisivo pueden llegar a la conclusión razonable de que el capital invertido durante 15 años tiene más valor que una distribución anual más reducida que se mantenga de forma indefinida.
Las mediciones deben influir en las decisiones, no servir de adorno en los informes.
Los donantes del ámbito medioambiental tienen razón al preguntarse qué se ha conseguido con su dinero, pero la evaluación puede resultar simplista.
Contar los árboles plantados dice muy poco sobre su supervivencia. Informar sobre las hectáreas protegidas no revela la calidad ecológica ni el cumplimiento de la normativa. Las toneladas de emisiones evitadas pueden depender de supuestos que resultan difíciles de verificar para quienes no forman parte del proceso.
La solución no consiste en dejar de medir, sino en ajustar los datos a la decisión.
Una fundación que financie un experimento en fase inicial puede necesitar saber si su puesta en práctica es viable y si las comunidades afectadas lo aceptan. Un programa ya consolidado debería aportar pruebas más sólidas de los resultados obtenidos. El trabajo en materia de políticas puede requerir un análisis de las contribuciones, en lugar de afirmar que una subvención concreta haya provocado un cambio legislativo.
Los donantes también deberían financiar la evaluación. No es razonable exigir pruebas ecológicas sofisticadas y, al mismo tiempo, negarse a sufragar los gastos de seguimiento, los conocimientos especializados en materia de datos y el tiempo necesario.
Y lo más importante: los resultados deben influir en la financiación. Si las evaluaciones repetidas demuestran que un programa favorecido aporta pocos beneficios duraderos, la fundación debería estar dispuesta a poner fin al mismo. La filantropía estratégica pierde sentido cuando la evaluación se utiliza únicamente para confirmar la intuición inicial del donante.
En qué casos puede resultar útil un nuevo donante suizo en el ámbito medioambiental
El donante debería empezar por un plano en lugar de por la escritura de constitución de la fundación.
¿Quién financia ya esta cuestión? ¿Qué organizaciones disponen de los conocimientos pertinentes? ¿Qué financia el Gobierno y en qué ámbitos se están descuidando las responsabilidades legales? ¿Qué soluciones pueden atraer inversión privada y qué bienes públicos quedarán sin financiación si no se conceden subvenciones?
El siguiente paso es elegir la función del donante. Puede tratarse de capital de riesgo inicial para la innovación climática, apoyo a largo plazo a organizaciones de conservación, un facilitador entre instituciones fragmentadas o un patrocinador de la labor normativa y jurídica que otros financiadores evitan.
La experiencia local es indispensable. Un donante interesado en los ecosistemas alpinos debería involucrar a los propietarios de terrenos, los ayuntamientos, los investigadores y los profesionales de la conservación antes de diseñar el programa. Esas relaciones darán lugar a desacuerdos y ralentizarán el proceso inicial. Además, pondrán de manifiesto suposiciones que, de otro modo, se convertirían en costosos errores.
A continuación, el donante debe decidir qué grado de control es realmente necesario. Un fondo asesorado por el donante, una fundación paraguas o un fondo colaborativo pueden ofrecer una estructura más adecuada que una nueva fundación independiente, sobre todo cuando el capital es limitado o la familia carece de conocimientos especializados en materia medioambiental. Las fundaciones paraguas suizas contaban con un capital de 1.600 millones de francos suizos a finales de 2023 y distribuyeron 78,6 millones de francos suizos entre 2.157 proyectos, siendo la protección del medio ambiente uno de los ámbitos que más apoyo recibió.
Se debería crear una nueva institución porque su forma de gobierno, su horizonte temporal o su capacidad especializada aporten algo que las estructuras existentes no pueden ofrecer, y no porque fundar una parezca más significativo que sumarse al trabajo de otros.
La filantropía medioambiental se presenta a veces como la libertad de actuar allí donde la política y los mercados avanzan con demasiada lentitud. Esa libertad es real, pero también lo es la responsabilidad que conlleva. Los donantes privados pueden poner a prueba ideas, financiar investigaciones impopulares y apoyar a instituciones cuyos beneficios van mucho más allá de un ciclo electoral o de inversión.
También pueden imponer soluciones de moda, subestimar los conocimientos locales y confundir las convicciones personales con las pruebas. La diferencia no radica en la generosidad, sino en si el donante está dispuesto a escuchar antes de diseñar, a financiar el trabajo poco glamuroso que rodea a la intervención y a cambiar de rumbo cuando las pruebas resulten inconvenientes.
A Suiza no le faltan fundaciones ni ambición medioambiental. La oportunidad radica en aprovechar su capital filantrópico allí donde la independencia y la paciencia marcan una verdadera diferencia en lo que es posible lograr. Un donante anuncia la creación de una nueva fundación medioambiental, nombra a un consejo de administración de prestigio y elige un tema lo suficientemente amplio como para que parezca urgente: el clima, la biodiversidad, la alimentación sostenible o la protección de la naturaleza. Las primeras subvenciones son generosas, la puesta en marcha atrae la atención y el informe anual está repleto de fotografías de bosques, granjas y tecnologías limpias.
Varios años después, surge una pregunta menos cómoda. ¿Qué ha cambiado gracias a la existencia de esta fundación en concreto? La respuesta rara vez se refleja en la cantidad distribuida. Un humedal restaurado puede seguir dependiendo de las autoridades públicas mucho después de que finalice la subvención original. Una tecnología climática puede funcionar en una fase piloto y no conseguir clientes. Una organización medioambiental puede llevar a cabo un proyecto excelente, pero seguir siendo demasiado frágil desde el punto de vista financiero como para retener a su personal. Un donante puede apoyar una investigación ambiciosa sin modificar las políticas o los incentivos comerciales que siguen generando el problema original.
Esta es la tensión que subyace en la filantropía medioambiental. El patrimonio privado puede actuar antes que el gobierno, tolerar una mayor incertidumbre que los inversores convencionales y apoyar iniciativas que no tienen un rendimiento comercial inmediato. También puede concentrar la influencia en manos de donantes que no han sido elegidos, que pueden preferir intervenciones visibles a un trabajo institucional menos glamuroso y que, en ocasiones, se ven tentados a tratar los sistemas medioambientales como si fueran empresas a la espera de una estrategia más agresiva. Suiza es un escenario de especial importancia para ese debate. A finales de 2025 contaba con 13 782 fundaciones benéficas activas, tras la creación de 325 y la disolución de 253 a lo largo del año. La protección del medio ambiente se encuentra también entre los ámbitos que reciben apoyo con mayor frecuencia a través de las fundaciones paraguas suizas. Sin embargo, la magnitud del sector no indica a los donantes si es necesaria otra fundación, otro fondo climático u otro programa de conservación de la naturaleza. Lo que sí les indica es que Suiza ya cuenta con una densa infraestructura filantrópica a través de la cual el capital puede coordinarse, duplicarse o desperdiciarse.
La mejor forma de contribuir a la protección del medio ambiente no parte de un deseo personal de dejar un legado, sino de un análisis preciso de en qué aspectos están fallando las finanzas públicas, la inversión comercial y la filantropía actual.
Suiza ofrece un terreno fértil, pero no es una página en blanco
El entorno de las fundaciones suizas resulta atractivo por razones bien conocidas. El ordenamiento jurídico es estable, existe un sector maduro de gestión patrimonial y los donantes pueden encontrar fundaciones, instituciones académicas, organizaciones internacionales y ONG medioambientales en un área geográfica relativamente reducida. Ginebra sirve de nexo entre la filantropía y las instituciones multilaterales, mientras que Basilea, Zúrich y Lausana ofrecen sólidas redes científicas y financieras.
Esa concentración puede hacer que la creación de una fundación parezca la expresión natural de una intención seria. Puede que no sea la más eficaz. Un donante centrado en la biodiversidad alpina, por ejemplo, se adentra en un ámbito ya ocupado por las autoridades públicas, las instituciones de investigación, las organizaciones de conservación y los usuarios locales del territorio. Los fondos adicionales solo resultan útiles cuando se destinan a algo que el sistema existente no puede financiar adecuadamente: el seguimiento de pacientes, la coordinación entre cantones, la asesoramiento jurídico, los métodos experimentales de gestión del territorio o la capacidad organizativa de un pequeño grupo que realiza una labor indispensable.
Esta distinción es importante porque los proyectos medioambientales resultan fáciles de presentar de forma atractiva si se analizan de forma aislada. Una fundación puede financiar la restauración de un hábitat, contabilizar las hectáreas afectadas y publicar el resultado. Lo más difícil es garantizar que el terreno siga protegido, que el ayuntamiento cumpla sus compromisos y que los beneficios ecológicos no se vean contrarrestados en otros lugares.
Una buena filantropía financia las condiciones en las que se desarrolla el proyecto, no solo el proyecto en sí.
Las subvenciones resultan más valiosas allí donde los mercados aún no pueden llegar
El lenguaje de las finanzas medioambientales difumina cada vez más los límites entre las subvenciones, la inversión de impacto y la inversión comercial convencional. Las tres pueden resultar útiles, pero no deben considerarse intercambiables.
Una subvención resulta adecuada cuando el beneficio público deseado no puede generar ingresos suficientes, cuando una organización está probando una intervención cuyo resultado es incierto o cuando la labor implica actividades de promoción, seguimiento científico o participación comunitaria que ningún inversor puede asumir de forma razonable.
El capital de inversión debe destinarse a aquellos proyectos que cuenten con un modelo de negocio plausible y una vía creíble para el reembolso o la rentabilidad. Un donante puede optar por aceptar una rentabilidad inferior a la del mercado o un mayor riesgo, pero la inversión debe seguir considerándose como tal. Calificar de «filantrópico» al capital comercial por el mero hecho de que la empresa en cuestión trabaje en el ámbito climático no convierte a esa financiación en adicional.
La Fundación Suiza para el Clima ofrece un ejemplo práctico de filantropía que se sitúa en el espacio entre una idea y un negocio en el que se puede invertir. Desde 2009, ha apoyado la innovación relacionada con el clima por parte de pymes en Suiza y Liechtenstein. A finales de 2025, había aprobado más de 42 millones de francos suizos en ayudas, incluidos más de 22 millones de francos suizos destinados a más de 220 proyectos de innovación. Solo en su primera ronda de financiación de 2025, concedió más de 1,4 millones de francos suizos a 11 proyectos, entre los que se incluían sistemas de renovación de edificios, tecnologías de energía limpia y soluciones industriales. El valor no radica simplemente en que estas empresas recibieran capital a un coste menor. El propio análisis de impacto de 2025 realizado por la fundación reveló que el 23 % de las pymes beneficiarias afirmaron que su proyecto de innovación no habría salido adelante sin la financiación, mientras que otro 41 % señaló que se habría retrasado considerablemente o se habría reducido. Se trata de resultados comunicados por las propias empresas, y no de una evaluación económica independiente, pero indican el tipo de vacío que la filantropía puede cubrir: ese punto en el que una solución técnicamente viable sigue siendo demasiado prematura, de pequeña envergadura o incierta para la financiación convencional.


